jueves, 26 de septiembre de 2019

LA IMPORTANCIA DEL JUEGO EN EL DESARROLLO DE LOS  NIÑOS.  


La infancia se caracteriza por la formación integral de los niños y niñas, el juego en esta etapa es fundamental, ya que en los primeros años de vida consolidamos las bases que nos definirán como personas autónomas, independientes, seguras y felices. 

El juego es la oportunidad generadora de aprendizajes en la que el niño explora, formula y conoce el mundo que lo rodea, las personas con las que interactúa pero sobre todo se conoce a sí mismo. El participar en una nueva actividad le permite ensayar sobre cómo actuar ante nuevas situaciones. El niño descubre sus habilidades sociales y destrezas motrices. 
Cabe mencionar que el juego favorece el desarrollo afectivo o emocional, dado que es una actividad que proporciona placer, entretenimiento y alegría de vivir, permite expresarse libremente, encauzar las energías positivamente y descargar tensiones, ya que mientras juegan resuelven problemas confusos y perturbadores de índole social o emocional. 

concepto del jugar desde una perspectiva emocional 

Winnicott, (1991) considera que el juego es una experiencia siempre  
creadora, es una forma básica de la vida, y enfatiza que lo universal  
en el niño es el juego y concierne al ámbito de la salud, ya que facilita
el crecimiento y conduce al niño a relacionarse con el grupo además, lo 
compara con el hecho de hacer cosas, enfatiza que no sólo hay que pensar 
y desear hacer cosas, en realidad hay que hacer cosas porque el jugar  
es hacer. 

En el niño, el juego parece un comportamiento espontaneo. Sin embargo, esto no es posible sin el establecimiento de un sentimiento de seguridad, lo cual fundamenta la aptitud para jugar. El entorno inmediato del niño debe proporcionarle confianza de estar protegido en todas las situaciones (Anzieu y Daymas, 2001). En este sentido, Winnicott (1979) describe una secuencia de etapas vinculadas con el proceso de desarrollo psíquico y señala dónde empieza el jugar, en un primer momento es cuando el niño y el objeto se encuentran fusionados, no hay todavía una diferenciación entre madre-hijo, posteriormente la madre se encuentra en un ir y venir que oscila entre ser lo que el niño desea encontrar y alternativamente es la misma madre, la que espera a que la encuentre. 

Gracias al juego, se desarrolla la imaginación y la capacidad creativa. El juego constituye el núcleo esencial del desarrollo, ya que sin experimentación, sin manipulación, sin la invención de estrategias de acción, el niño no conquistaría nuevos espacios, no descubriría ni recorrería nuevos caminos. 
Los niños necesitan hacer las cosas una y otra vez para aprender, algunas veces aciertan, otras se equivocan, pero lo esencial es el aprendizaje que les deja en cada lección. Por lo tanto, los juegos tienen carácter formativo, al repetirlos también ayudan a similar situaciones que podrán dominar y adaptarse a ellas. 

El juego desarrolla diferentes aspectos:  

  • Capacidades físicas: para jugar los niños se mueven ejercitándose casi sin darse cuenta, con lo cual desarrollan su coordinación psicomotríz y la motricidad gruesa y fina; además de ser saludable para todo el cuerpo, músculos, huesos, pulmones, corazón, etc. Además de permitirles dormir mejor durante la noche. 
  • Desarrollo sensorial y mental: mediante la discriminación de formas, tamaños, colores, texturas, diferentes tipos de ritmos y sonidos.
  • Capacidad afectivas: al experimentar emociones como sorpresa, expectación o alegría aprende a identificar sus emociones y las de los demás, lo que le ayuda a desarrollar su empatía. También aprende a resolver problemas emocionales. 
  • Creatividad e imaginación: el juego transporta a los niños a un mundo diseñado y soñado por ellos con un sinfín de posibilidades. 
  • Forma hábitos de cooperación y colaboración: debido a que algunos juegos se realiza con un compañero o en equipo requiere desarrollar habilidades de negociación y dirección, así como aprender a explicar sus ideas para ponerlas en prácticas. 

El juego se divide por las etapas de crecimiento: 

Entre los primeros tres meses, los juegos de todo niño se encuentra el uso de sus manos, sus dedos, sus pies y explora su cuerpo y al descubrirlos tiende sus manos para tomar un objeto que se mueve, disfruta al tener un sonajero en sus manos y moverlo. Este tipo de actividades denotan placer y voluntad, y las puede repetir una y otra vez y sin proponérselo va ejercitando su coordinación visomotora (Schorn, op.cit.). La vista se desarrolla primeramente, el bebé puede fijar la mirada en la cara de su madre y en los objetos. La presencia de la madre le da sostén a su imagen y sobre todo el contacto con la piel de ella, su olor, su voz. 
A los 3 meses, el niño dirige su mirada ante la presencia de una sonaja u objeto musical, no solamente su escucha, comienza a tomar objetos en la mano. Se observan las primeras manifestaciones del bebé cuando surge el gorgoreo unido a la presencia de gruñidos y gritos.
Cerca de los 4 meses, la boca es el principal medio por el cual el niño explora e incorpora el mundo. Empieza a reconocer y necesitar un objeto específico, que lleva a su boca: lo chupa, lo huele, lo toca y lo necesita cerca de él para tranquilizarse es la etapa oral. Comienza a jugar escondiéndose de la mamá detrás de la sabanita. A través de este juego se expresa la angustia que le causa la ausencia de su madre, la cual calma con el objeto-juguete, que Winnicott (1979) 
define como objeto transicional.
A partir de los 5 o 6 meses de vida emite sonidos vocálicos y consonánticos (d, b, l, m) al manipular objetos. El niño se descubre y descubre al mundo mientras juega. Así, poco a poco va diferenciándose de los demás.

A los 8 o 9 meses que consiste en que el niño llora cuando lo cargan o se le acerca un adulto desconocido y también despierta por la noche pidiendo ir con sus papás; en el momento en que se da cuenta que no forma parte del cuerpo de su madre, que está solo y separado de ella, surge algo inquietante para el niño y sobre todo por la noche. Este es el momento donde el niño se aferra algún objeto o juguete que lo acompaña sustituyendo a sus papás imaginariamente, lo que va a desarrollar su fantasía y creatividad iniciándose así un proceso de simbolización (Isla, op.cit.)
  
A partir de los 2 años de edad, el niño empieza a mostrarse gustoso y más diestro en todo tipo de actividad motriz, pues ya puede caminar y correr; levanta y transporta cosas, sube, corre, salta, puede bajar escaleras y realizar otras actividades motrices. Imita acciones de la vida diaria y de las personas que los rodean, como lavar y planchar, hacer la comida, comprar. Posteriormente, cuando realiza el juego de roles, lleva a cabo diálogos como si fuera mamá, papá, médico, maestro, policía, etc. (Padilla, 2003).
El niño de 3 años juega con juguetes pequeños, bloques, rompecabezas, palitos chinos, cochecitos, cocinitas, juegos de peluquería, teléfonos, pelotas, casas de muñecas y por tanto, sus destrezas manuales progresan con rapidez. Comienzan por ensartar cuentas grandes en cordones y luego cuentas más pequeñas en hilos más finos. Niños y niñas disfrutan dibujando con lápiz y recortando con tijeras. A través del juego, se van desarrollando destrezas y habilidades para comunicarse de manera afectiva y social con otras personas (Padilla, op. cit.). 

A los 4 años, la socialización progresa y con ello amplían su número de compañeros de juego, lo que hace menos necesaria la atención de un adulto. Disfrutan de las adivinanzas de las rimas, los chistes, las bromas verbales, y les fascina escuchar cuentos, en especial si son leídos por sus padres, miran las ilustraciones al mismo tiempo que escuchan. Empiezan a incluir a más de dos niños en sus juegos (Isla, 2007).

Los niños a los 5 años, se interesan por autos, camiones de volteo, transporte de materiales, gasolineras, puentes, pistas, hacer construcciones con cubos, pistolas, soldados, aviones; los trenes que entran y salen de las estaciones, vías que se entrecruzan donde pasan trenes o autos, fluye el tráfico, señales que hay que respetar (alto, luz verde, amarilla y roja del semáforo). Todo ello marca el aprendizaje de las nociones de ley y orden social (Isla, 2007).

A la edad de 6 años destaca la habilidad cognoscitiva en el juego. Su ambiente y energía están en expansión, les agrada leer y escribir. Tienen aptitudes para las manualidades y las artes creativas, las cuales aplican a todo tipo de juegos. Les gusta participar en juegos de mesa, sin embargo no son buenos jugadores. 
A la edad de 7 años los niños utilizan formas de juego más activas y más complejas usando el ejercicio más frecuentemente. Crean sus propios juegos a partir del material de que disponen y disfrutan de jugar con juguetes miniatura. Escogen cada vez más amigos del mismo sexo para compartir el juego (Padilla, 2003). 

A la edad de 8 años a los niños les gustan los juegos de mesa con reglas, que empiezan a compartir con sus padres. Se inician en los juegos de azar. Disfrutan los juegos de rivalidad y fuerza física, quieren jugar juegos de adultos como ajedrez, rummy, etc. (Isla, 2007). Los juegos organizados entre varios terminan pronto; porque les cuesta establecer la norma y mantenerla. Riñen, algunos abandonan, o simplemente se termina de jugar por falta de interés (Glasserman y Sirlin, 1984).

En la etapa de los 7 a los 10 años se refuerza la identificación con el mismo sexo. Muestran preferencia por determinados grupos de música. Tienen una vida íntima de fantasías y secretos que comparten con sus mejores amigos. 

Cerca de los 10 años ya no juegan con muñecos o juguetes, sino con la computadora, maquinitas o juegos de mesa. Niños y niñas comparten deportes: futbol, basquetbol, juegos en computadora, yoyo, trompo, modas y películas. Esta etapa es importante porque a los 10 años termina la infancia y los problemas no superados aparecen junto con la pubertad y pueden duplicarse hacia la adolescencia (Isla, 2007). 
Por: Britany Arlette Mendoza Estrada 

fuente: 
Winnicott, D. (1979). Realidad y juego. Barcelona: Gedisa.
Padilla, V.M.T. (2003). Psicoterapia de juego. México: Plaza y Valdés.
Winnicott, D. (1993).El niño y el mundo externo. Buenos Aires: Hormé.
Revista Electrónica de Psicología Iztacala Vol. 13 No. 4 

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